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Autor Tema: El Libro de los Espíritus entre los Salvajes  (Leído 1374 veces)

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roby

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El Libro de los Espíritus entre los Salvajes
« : diciembre 05, 2008, 09:49:35 am »
Sabíamos que El Libro de los Espíritus tiene lectores afines en todas partes del mundo, pero
por cierto, estaríamos en la duda de que pudieran encontrarse entre los salvajes de América del Sur, de no ser por una carta que nos llegó de Lima, hace algunos meses, y de la cual sentimos el deber de publicar la traducción completa, en razón del hecho significativo que ella encierra, y del cual cada uno comprenderá su importancia. Ella trae consigo su comentario, y no le agregaremos ninguna reflexión.
« Muy honrado señor Allan Kardec:
Le pido disculpas por no escribirle en francés; comprendo esa lengua por la lectura, pero no puedo escribirla de manera correcta e inteligible.
Hace más de diez años que frecuento las poblaciones indígenas que habitan la vertiente oriental de los Andes, en los países de América, en los confines del Perú. Vuestra obra El Libro de los Espíritus, que obtuve en un viaje que hice a Lima, me acompaña en estas soledades. Decirle que lo leí con avidez y que lo releo sin cesar, seguro no lo espantará, tampoco iba yo a perturbarlo por tan poca cosa, si no creyese que cierta información puede ser de vuestro interés, y si no tuviese el deseo de obtener de usted algunos consejos, que espero de vuestra bondad, sin dudar que vuestros sentimientos humanos están de acuerdo
con los sublimes principios de vuestro libro.
Esos pueblos que llamamos salvajes, son menos de lo que se cree generalmente. Los que dicen que habitan chozas en lugar de palacios, que no conocen nuestras artes y nuestras ciencias, que ignoran la etiqueta de las personas pulidas, son los verdaderos salvajes. Mas, bajo el aspecto de la inteligencia, entre ellos se encuentran ideas de una justeza admirable, una gran finura de observación, y de sentimientos nobles y elevados.
Ellos comprenden con maravillosa facilidad y tienen el espíritu, sin comparación, menos
pesado que los campesinos de Europa.
Desprecian lo que les parece inútil con relación a la simplicidad que alcanza al género de vida.
La tradición de su antigua independencia está siempre viva en ellos, por eso tienen una aversión insuperable por sus conquistadores.
Pero, si bien odian a la raza en general, se aferran a los individuos que les inspiran una
absoluta confianza. Es debido a esa confianza entre los que yo puedo vivir en su intimidad, y cuando estoy en medio de ellos, tengo más seguridad que en ciertas grandes ciudades. Cuando debo dejarlos, quedan tristes y me hacen prometerles que regresaré; y cuando lo hago, cada tribu está de fiesta. Estas explicaciones eran necesarias para relatarle lo que sigue.
Le dije que tengo conmigo El Libro de los Espíritus.
Un día me permití traducirles algunos pasajes y me quedé sumamente sorprendido al ver que lo comprendían mejor de lo que hubiera pensado, como consecuencia de ciertas
acotaciones muy juiciosas que hacían. He aquí un ejemplo.
La idea de revivir en la Tierra les pareció muy natural, y uno de ellos me dijo un día:
- Cuando morimos, ¿podremos nacer entre los blancos?
- Seguramente, - respondí. - Entonces, tal vez seas alguno de nuestros parientes. - Es posible.
- Sin duda entonces, ¿es bueno que nosotros te amemos?
- Por supuesto. - Entonces, cuando encontramos un blanco no es necesario que le hagamos ningún mal porque, tal vez, sea alguno de nuestros hermanos.
Sin duda, señor usted se admirará como lo hice yo, de esa conclusión de un salvaje, y del sentimiento de fraternidad que nació en él. Por lo demás, la idea de los espíritus no es nueva para ellos, está en sus creencias; ellos están persuadidos de que se puede conversar con los parientes que mueren, que vienen a visitar a los vivos. El punto
importante de esto está en sacar partido para moralizarlos, y no creo que esto sea algo imposible, porque aún no tienen los vicios de nuestra civilización. Es aquí donde tenía necesidad de vuestros consejos por su propia experiencia.
Pienso que es un error creer que no se puede ejercer influencia en las personas ignorantes, si no es sólo hablándoles a sus sentidos; pienso por el contrario, que es mantenerlas en ideas estrechas y desarrollar en ellas la tendencia a la superstición. Creo que el raciocinio, cuando se sabe colocarlo a la altura de las inteligencias, tendrá siempre un imperio más duradero.
En espera de su respuesta con la cual podréis favorecerme, reciba, etc. etc.»

Don Fernando Guerrero