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Autor Tema: Mi misión  (Leído 1700 veces)

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roby

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Mi misión
« : noviembre 26, 2008, 10:48:29 am »
Entrevista realizada por Allan Kardec al Espíritu de Verdad, el día 12 de junio de 1858, realizado en la Casa de Mr. C... , por la médium Mlle. Aline C...

Pregunta: (al Espíritu de Verdad). Buen Espíritu, desearía saber que pensáis de la misión que me ha sido asignada por algunos Espíritus: ¿querríais decirme, os lo ruego, si esto es una prueba para mi amor propio? Yo tengo, bien lo sabéis, el más grande deseo de contribuir a la propagación de la verdad; pero de la condición de simple trabajador a la de misionero en jefe, la distancia es grande, y no comprendo con qué se puede justificar en mí, tal favor y preferencia sobre tantos otros poseedores del talento y cualidades que yo no tengo.
Respuesta. Confirmo lo que se te ha dicho, pero te aconsejo hagas acopio de discreción si quieres salir airoso.
Más tarde sabrás cosas que te explicarán lo que hoy te sorprende. No olvides que puedes triunfar como puedes sucumbir; en este último caso, otro te reemplazaría, porque los designios de Dios no descansan sobre la cabeza de ningún hombre. No hables pues, jamás, de tu misión; este será el mejor medio para que no sucumbas. Ella no puede ser justificada sino por el cumplimiento de las obras, y tú no las has comenzado todavía. Si la cumples, los hombres sabrán reconocerlo tarde o temprano, que por los frutos es por lo que se reconoce la calidad del árbol.
P: Reconozco mi nulidad para engreírme con una misión que me apena; pero si he sido destinado para servir de instrumento a los designios de la Providencia, que se disponga
de mí. En este caso, reclamo vuestra asistencia y la de los buenos Espíritus para que me ayuden y me sostengan en la empresa.
R: Nuestra asistencia no te faltará, pero si por tu parte no hicieras lo necesario, será inútil. Tienes libre albedrío y debes usar de él según entiendas; ningún hombre está fatalmente obligado a nada.
Pregunta. ¿Qué causas podrían hacerme naufragar?
¿Mi insuficiente capacidad?
R: No; pero la misión de los reformadores está llena de escollos y peligros. La tarea es ruda, te lo prevengo, porque has de agitar, remover y transformar al mundo entero. No creas que sea suficiente el que escribas uno, dos ni diez libros para conseguirlo, ni que luego te quedes disfrutando de reposo; nada de eso; sublevarás contra ti enemistades temibles; enemigos encarnizados se conjugarán para perderte; serás objeto de la malquerencia, de la calumnia, de la traición misma de aquellos que te parecerán los más leales; tus mejores instrucciones serán desconocidas y desnaturalizadas, y más de una vez caerás rendido de fatiga; en una palabra, será una lucha constante y personal la que habrás de mantener, y a ella tendrás que sacrificar tu reposo, tu tranquilidad, tu salud y hasta tu vida, porque sin esa lucha vivirías más largo tiempo. Y bien; más de uno retrocede cuando, en lugar de una senda de flores, sólo encuentra a su paso enmarañados espinos, guijarros agudos y reptiles. Para tales misiones, la inteligencia no es suficiente; hace falta, para complacer a Dios, la humildad, la modestia, el desinterés, aquello que abate a los orgullosos, a los presuntuosos y a los ambiciosos; para luchar contra los hombres hace falta el valor, la perseverancia y la firmeza inquebrantable no menos que la prudencia y el
tacto para conducir las cosas por sus verdaderos derroteros y no comprometer los resultados con frases intempestivas y entusiasmos prematuros; hace falta, en fin, no
tener voluntad propia, estar dotado de abnegación y estar dispuesto a todos los sacrificios.
Ve, pues, cómo tu misión está subordinada a las condiciones que dependen de ti.
El Espíritu de Verdad Yo, (Allan Kardec) Espíritu de Verdad, os agradezco los muy sabios consejos que acabáis de darme. Acepto todo sin restricción y sin ideas preconcebidas.
¡Señor! Si os habéis dignado fijar los ojos sobre mí, para el cumplimiento de vuestros designios, que vuestra voluntad se cumpla. Mi vida está en vuestras manos; disponed
de vuestro servidor. En presencia de una tarea tan colosal, reconozco mi debilidad. Mi buen deseo no faltará, pero puede ser que mis fuerzas me traicionen. Suplid mi insuficiencia, dadme las fuerzas físicas y morales que me sean necesarias. Sostenedme en momentos difíciles, y con vuestra ayuda y la de vuestros celestes mensajeros, me esforzaré por responder a vuestros designios.
Nota. - Esto lo escribía el 19 de enero de 1867. Diez años y medio después de habérseme dado ésta comunicación, he comprobado que se realiza en todas sus partes, porque he pasado por todas las vicisitudes que me fueron anunciadas.
He sido objeto de odio para mis enemigos encarnizados; he sufrido la injuria, la calumnia, la envidia y los celos; libelos infames han sido publicados en contra mía; mis mejores instrucciones las he visto desnaturalizadas; la traición de aquellos en quienes deposité mi confianza no me ha faltado, y sólo ingratitudes recibí en premio de los que gozaron de mis servicios. La Sociedad de París ha sido un foco continuo de intrigas urdidas por aquellos
que más decían estar conmigo y que me halagaban tanto de presencia como a espaldas me deprimían. No ha faltado quien ha dicho que los que tomaban mi partido, estaban
sobornados por mí con el dinero que del Espiritismo sacaba. No he conocido el reposo; más de una vez he caído rendido por exceso de trabajo, mi salud ha sido alterada y mi vida comprometida.
En tanto, gracias a la protección y asistencia de los buenos Espíritus que sin cesar me han dado pruebas de su solicitud, puedo reconocer que hasta esta hora no he experimentado ni un solo instante de desfallecimiento y que he perseverado constantemente en mi obra con el mismo ardor del primer día, sin preocuparme de la malevolencia de que sea objeto. Después de la comunicación del Espíritu de Verdad, yo debía atenerme a todos sus consejos y previsiones, y todo se ha cumplido.
Pero, al lado de todas estas vicisitudes, ¡qué satisfacciones no he experimentado viendo cómo la obra se ensanchaba de una manera prodigiosa!
¡Con qué creces no han sido compensadas mis tribulaciones!
¡Qué de bendiciones, qué de testimonios de verdadera simpatía no he recibido de parte de numerosos afligidos a quienes la doctrina ha consolado! Este resultado no me había sido anunciado por el Espíritu de Verdad, quien, sin duda deliberadamente, no quiso mostrarme
más que las dificultades de la empresa. ¡Cuánta no sería mi ingratitud, pues, si me condoliera de mi suerte! Si dijera que el bien y el mal resultaron equilibrados, faltaría
a la verdad, porque el mal fue por mucho sobrepujado por el bien. Cuando recibía una decepción, una contrariedad cualquiera, me elevaba con el pensamiento por encima
de la humanidad, penetraba por anticipado en la región de los Espíritus, y desde este lugar culminante desde donde descubría mi obra, las miserias de la vida resbalaban sobre mí sin hacerme daño. Me habitué tanto a esto, que los gritos de la injusticia jamás ofuscaron mi razón.