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Autor Tema: Presentimientos  (Leído 3722 veces)

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roby

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Presentimientos
« : diciembre 15, 2008, 07:32:40 am »
Dijo no sé cuál poeta: «Está visto; no hay profeta como nuestro corazón».
Y en verdad que estuvo en lo cierto el que tal cosa dijo; porque indudablemente muchas
veces se tienen corazonadas, se siente una voz interior que nos advierte que tenemos un peligro cerca, pero no se hace caso en la mayoría de las ocasiones, no se atiende a esos avisos misteriosos que nos dan nuestros deudos de ultratumba: yo creo que nos hacemos los sordos, porque cuando debemos pasar por las horcas caudinas pasaremos, a pesar de todas las advertencias y de todos los avisos; y en prueba de ello copiaré algunos
fragmentos, o mejor dicho, trataré de sintetizar la extensa carta que me envía un espiritista desde Minas (Montevideo), contándome la desastrosa muerte de su hija María, que desde muy joven tuvo el presentimiento de que su desencarnación sería dolorosísima.

Era María una joven bellísima, buena, sensible, cariñosa, muy amante de la familia, especialmente de su padre, por el cual sentía verdadera idolatría.
A la temprana edad de diecisiete años un apuesto doncel la requirió en amores; ella correspondió a sus galanteos contenta de verse atendida y obsequiada; el pretendiente quiso llevar el asunto por la posta y puso el plazo de cuatro meses para efectuar el
matrimonio, pero el padre de ella pidió un año de espera y hubo que concedérselo. Durante el año, aquellos volcánicos amores se fueron enfriando, hasta concluirse las relaciones con
gran contento de María, que quedó tranquila. Tres años después, un segundo adorador ofreció a María su nombre y su amor. Ella manifestó vivísima satisfacción, pero al llegar el día de comprar su canastilla de boda, se abrazó a su padre y le dijo sollozando:
–Mi prometido es muy bueno, no tengo la menor queja de su comportamiento para conmigo, pero me asalta el horrible presentimiento que voy a ser muy desgraciada en mi matrimonio, me arrepiento por completo de mi determinación; no quiero separarme de ti, padre mío.
–Pero mujer replicó su padre –¿por qué no pensaste esto antes de dar tu palabra y yo la mía?
–Porque antes no sentía lo que siento hoy.
–¿Pero tú lo querías?
–Sí, muchísimo, pero ahora no lo quiero, estoy como si nunca lo hubiera tratado.
–¡En fin, hija, todo sea por Dios! Más vale que te hayas arrepentido ahora que estás a tiempo y no después.
No creas Amalia (me dice mi amigo), que mi hija fuera coqueta, ni tuviera poco juicio; era una niña modelo, querida por todo el mundo, porque era el cariño andando.
A los dos o tres años de lo acaecido, otro nuevo galán se enamoró perdidamente de María; ella le correspondió, y su padre receloso por los lances anteriores interrogó a su hija
diciéndole que lo pensara antes de decidirse, y ella le aseguró que con éste estaba segura de no arrepentirse.
Tuvieron dos años esas relaciones, sin el menor disgusto, y cuando llegó el momento de prepararlo todo para la boda, llamó María a su padre una mañana y le dijo con espanto: –Padre mío, ¡qué sueño tan horrible tuve anoche! Soñé que me había casado y que el mismo día me había muerto; yo me veía muerta y a mi esposo al lado del cadáver; perdóneme el nuevo disgusto que voy a darle, porque yo no me caso, me inspira mi prometido la aversión más profunda desde anoche; no serviré para casada, está visto que debo quedarme soltera. Y a todo esto, María lloraba con el mayor desconsuelo y su padre
no sabía qué decir, y el novio al enterarse, cayó gravemente enfermo salvándose por milagro.
Cumplió María treinta años, y un joven de veinte primaveras enloqueció por ella, y su padre, curándose su salud, le contó a él y a su familia lo acontecido con los novios de su hija, pero su relato no fue óbice para que las relaciones siguieran adelante y al fin se efectuara el casamiento, no sin que antes María dijera a sus amigas más íntimas: «Estoy arrepentida de mi matrimonio, presiento una gran desgracia, un acontecimiento dolorosísimo, sé que voy a sufrir horriblemente, me parece que ya me atormentan los dolores, pero no quiero dar un nuevo disgusto a mi padre».
Se casó y a los dos meses de casada ella y su esposo volvieron a Minas y se instalaron en la casa de sus padres, y al conocer que iba a ser madre, dijo María a toda su familia, menos a su padre, que moriría irremisiblemente en el acto de alumbramiento. Ocho días antes de dar a luz llamó a su esposo, a su madre y a sus hermanas y a todos les suplicó que cumplieran fielmente su última voluntad, que la amortajaran con su traje de boda, y dispuso de todas sus alhajas y de su ropa, repartiendo cuanto poseía entre sus cuñadas y parientas más cercanas, dando mayor cantidad de objetos preciosos a las más pobres, a las más necesitadas.
Todas a una le decían: –Pero ¿estás loca? Y ella replicaba, sonriendo tristemente: –Pronto veréis cómo se cumplirá mi presentimiento, no siento más que dejaros mi último retrato, y sólo pido que cumpláis mi postrera voluntad. Su madre y sus hermanas creían que la dominaba el miedo, pero ella les decía: –Moriré, moriré, y de muerte espantosa. ¡Cuántos años he huido de pagar esta deuda!
Al fin pagaré más parte de la que debo. Dios tenga misericordia de mí...
El padre de María ignoraba cuanto pasaba en su casa; todos callaron para no atormentarle antes de tiempo, y porque en realidad, creían que María deliraba o que veía visiones. Pero llegó el día del alumbramiento y su padre, excelente operador, al reconocerla creyó perder el sentido y salió del aposento de su hija llorando como un niño.
La familia lo rodeó afanosa y todos preguntaron a la vez:
–¿Qué hay?
–Que se muere, que no hay remedio para ella.
–¡Deliráis!, dijeron todos.
–La ciencia no ha dicho aún su última palabra.
–La digo yo, replicó el padre sollozando, ¡no la martiricéis, todo es inútil!
–Imposible, gritó el marido de María.
–El cariño os ciega, dijeron los hijos, vengan los médicos.
Fueron los médicos, la operaron cinco veces y murió María, no sin antes tranquilizar a su padre diciéndole:
Ya sabía yo lo que me esperaba, ahora comprendo mi aversión al matrimonio: cumpliéndose mi presentimiento, ya tengo una deuda menos. Alégrate, padre mío.
Alegrarse no es posible ante el cadáver de un ser adorado. Mi buen amigo quedó profundamente impresionado por el trágico fin de su hija, gracias a que es un espiritista convencido, porque en su larga vida ha tenido pruebas irrecusables de la eterna vida del Espíritu.
Un año antes de la muerte de María se le murió una niña de dos años, que le dejó también con su desaparición honda huella por la causa siguiente:
Años atrás fue mi amigo a ver a su anciana madre, que vivía muy lejos de Buenos Aires. Ella mostró mucho empeño para irse con su hijo a Minas, y él considerando la avanzada edad de aquélla, no creyó prudente exponerla a tan largo viaje, y le prometió que al año siguiente volvería a verla, y ella le dijo entonces:
- El año que viene ya será tarde, habré muerto, y habré muerto sin que tú me cierres los ojos, siendo que éste ha sido el deseo de toda mi vida, después que te estreche en mis brazos.
Y la anciana acariciaba a su hijo como si éste fuera un pequeñito, y le repetía: –Llévame contigo, quiero que tú me cierres los ojos.
Mi amigo no accedió al deseo de su madre, y ésta murió lejos del hijo que adoraba, y a los dos meses de haber dejado su envoltura se presentó el Espíritu a su hijo, el que durante la noche, en particular de madrugada, se relaciona con sus deudos desencarnados, habla con
ellos y cambia impresiones.
Su madre se le presentó tan cariñosa como siempre y cada dos o tres noches la veía; pasaron varios meses y la esposa de mi amigo dio a luz a una niña hermosísima, ya no se presentó más la madre de mi amigo, el que al ver a su hija acabada de nacer, sintió un estremecimiento extraordinario, miró a la niña fijamente y dijo a su esposa:
- Mi madre está con nosotros, estoy seguro de ello.
A los siete meses, la niña comenzó a balbucear algunas frases y a su padre le decía nene; jamás le dijo papá, y nene le decía cuando era su madre, nunca lo llamó por su nombre, y lo acariciaba dándole palmaditas en las mejillas, como lo hacía cuando era su hijo.
Cuando cumplió dos años enfermó de convulsiones y veinticuatro horas antes de morir acarició a su padre con la mayor ternura; después extendió su diestra y con el dedo índice señaló el cielo y así permaneció breves momentos.
Luego bajando la mano y con su dedito se tocó la frente y los ojos cerrándolos dulcemente.
Luego los volvió a abrir y no dejó de mirar a su padre hasta que murió. Con besos y
expresivos ademanes se despidió de todos, pero en particular de su padre, haciéndole las caricias más apasionadas. Mi amigo cerró los ojos de su hija, plenamente convencido que el Espíritu de su madre había venido a reclamar aquella última prueba de cariño.
En una niña de dos años fue muy significativo, el apoyar su dedito en los ojos y cerrarlos, para luego volverlos a abrir, llamarle siempre nene y nunca papá, acariciarle del mismo modo que lo hacía anteriormente; todo, en fin, le decía a su amigo que el Espíritu de su
madre había venido desde el espacio, ya que él no quiso complacerla cuando ella con tanta insistencia se lo pidió.
Cuando se vive tan identificado con los seres de ultratumba, los azares de la vida se soportan con más energía, la muerte desaparece con todos sus horrores, porque se toca la realidad de la inmortalidad del alma, y ante hechos innegables hay que creer en la supervivencia del Espíritu, sin que por esto se deje de sentir la violenta sacudida que se experimenta ante el cadáver de un ser amado. Pero el dolor del espiritista convencido no llega nunca al paroxismo de la desesperación, porque junto al cuerpo inerte del ser que se
llora, se alza el Espíritu grave y silencioso que animó aquel organismo. Se juntan la vida
y la muerte, el ayer y el mañana, lo conocido, lo que hemos tratado y lo desconocido, lo misterioso, lo inexplicable, el ánimo no se sobrecoge, la sorpresa y el asombro no se apoderan de nosotros y se seca la fuente de nuestro llanto ante una nueva ansiedad, ante una nueva esperanza. ¡Se vive siempre! ¡Los seres que nos han amado no nos abandonan!
¡Podemos contar con su inspiración, con sus consejos, con su apoyo moral! ¡Cuánto hay que pensar en esto!... Y cuando se piensa, el dolor pierde su poderío, no nos tiraniza, no nos hunde en el abismo de la desesperación; la vida se adelanta y lo deja muy atrás. ¡Bendito sea el Espiritismo! Tú eres el mejor amigo del hombre. Tú le dices con hechos irrefutables: «¡El Espíritu no muere jamás!»

alwu

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Re: Presentimientos
« Respuesta #1 : diciembre 15, 2008, 08:21:16 am »
es muy interesante lo que planteas roby, pero digamos que en mi caso estos presentimientos se muestran con menor fuerza y seguridad que los que cuentas aqui y la mente empieza a analizar estas cosas y es dificil seguir tus corazonadas porque el cerebro te grita que estas loco y cuando las sigo muchas veces no acontece lo que esperaba...

roby

  • Visitante
Re: Presentimientos
« Respuesta #2 : diciembre 15, 2008, 08:24:55 am »
es muy interesante lo que planteas roby, pero digamos que en mi caso estos presentimientos se muestran con menor fuerza y seguridad que los que cuentas aqui y la mente empieza a analizar estas cosas y es dificil seguir tus corazonadas porque el cerebro te grita que estas loco y cuando las sigo muchas veces no acontece lo que esperaba...

Ahi esta el tema ALWU, aprender a separar nuestra consciencia de esas corazonadas o indicaciones de nuestros guias o angeles que nos tratan de ayudar.
Solo la practica de actuar y ver los resultados nos darán la capacidad de determinar cuando es una cosa o la otra.


Es parte de nuestro aprendizaje en esta vida.

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